
Si una mujer te mira en una esquina, en el banco de un parque, desde el último asiento de un ómnibus, devuélvele tus ojos.
No te importe que puedas tropezar con cualquier poste, que la gente se mofe y comente que eres tonto, que el conductor del ómnibus te diga «vamos, vamos» porque tienes la mano atorada en el bolsillo y no le pagas y estás embelesado, como un niño que acaba de ver una estrella fugaz.
Devuélvele tus ojos y no dejes que la lujuria asome. Para eso habrá ocasiones más propicias, limítate esta vez a una mirada candorosa, ingenua, prácticamente tímida. Vive en el paraíso este momento, porque es único, lindo y es la vida.
Devuélvele tus ojos, porque si ella los mira debe ser que perdió algunos ojos parecidos, y tú, por reciprocidad, le entregarás los tuyos para que se los guarde en su mirada. No seas ruin, quédate ciego para que esa mujer vea por ambos.
Devuélvele tus ojos, respira hondo y sopla sin permitir que ella lo note. Sostenle la mirada mientras sientes que todo River Dance ensaya en tu cabeza, que es insensible a tantos taconazos y hace una fiesta loca.
Devuélvele tus ojos y sonríe, porque las cosas bellas se merecen al menos una expresión de regocijo, un gesto suave, de tierna gratitud. Y no la fuerces: si ella baja sus ojos, apenada porque la has sorprendido, déjala quieta, no la acoses mirándola y mirándola.
Hazme caso, desiste —contra tu voluntad, desiste de asediarla—, y consuélate evocando el porfiado consejo: «No la toquéis ya más, que así es la rosa».

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